UN CICLO HACIA LA LIBERTAD

Reina Flor

Miraba las flores como de costumbre. Me gustaba el olor que desprendía el polen y el olor a tierra mojada después de una noche de lluvia. Las mañanas eran mis favoritas, pues los primeros rayos del sol hacían que los pétalos se abrieran y dejaban ver sus más preciosos colores. En esos momentos de reflexión, no podía más que sentir y respirar los aromas que el campo a mi alrededor dejaba. Me sentía en paz estando con tan esplendorosa naturaleza, pero, después de un rato, sentía la gravedad dejando mis pies bajo la tierra.

Soy huérfana desde que nací; las monjas de un convento que cuidaban niños me encontraron sin ropa encima de una caja, al parecer de huevos, pues había trozos de cáscara verdosa a mi alrededor. Llamaron a las autoridades para que pudieran identificar a mis padres, pero nunca dieron con su paradero, así que me quedé con los demás niños y crecí con ellos. Uno confiaría que siendo una bebé recién nacida sería fácil dar en adopción, pero tenía un problema, mi piel no era como la de los demás. Tenía una enfermedad que los médicos no podían explicar en donde mis vellos eran puntiagudos, picaban, mi piel se hacía un poco más verde con manchas negras y mudaba de piel conforme crecía. Cuando venían personas, me miraban y se alejaban de mí, pues nadie quería ni podía tocarme si no era con unos guantes especiales. Las monjas eran amables conmigo y en especial una de ellas llamada Rosita, quien me crio como a una hija. Al ver que los rumores sobre mi condición empezaban a circular a otras partes del país, decidieron mantenerme en anonimato, pues habría científicos que querrían examinarme y estudiarme. A pesar de eso, tuve algunas amigas, que, aunque no podían tocarme, se las arreglaban para jugar conmigo; pero el tiempo pasó y poco a poco las fueron adoptando, mientras que yo me quedaba en el pueblo, sin ningún otro lado a donde ir.

Me resigné a no ser adoptada y a vivir a escondidas de la gente. Aun así, nunca me quejé, pues sabía que las monjas hacían lo mejor para mí. No pude ir a la escuela, pero contrataron maestros particulares para que pudiera seguir con mis estudios y al llegar al grado de bachillerato me compraron una computadora de segunda mano para que pudiera hacer una carrera. Siempre me gustó la botánica y aprendí remedios de plantas por parte del convento, entonces decidí estudiar la carrera en línea y me titulé. Por suerte para mí, había mucho campo y podía hacer mis prácticas mientras que lo teórico y documental lo hacía en la computadora. Me sentía feliz de aprender sobre lo que más me gustaba y deseaba conocer otras partes del mundo para seguir aprendiendo sobre la naturaleza, pero no podía por el miedo a ser capturada por mi apariencia particular. Sin embargo, la vida tenía para mí un camino diferente al que me imaginé.

Un día, mientras recolectaba plantas medicinales en el bosque, me encontré a un joven que estaba tomando muestras de tierra; parecía que sabía sobre los recursos naturales pues manejaba bien sus herramientas de estudio. No muchas personas visitaban el bosque, más que para estudios, pues la naturaleza que habitaba ahí era muy fértil y diversa. Sin darme cuenta, me acerqué demasiado y entonces me vio; la primera impresión que tuvo de mí fue de asombró, pero en lugar de temerme o disgustarle, tuvo la osadía de saludar y acercarse hacia donde estaba. Tuve miedo, pues pensé que me capturaría. Sin decir ni una palabra, corrí hasta el convento y me refugié. Al día siguiente, volví al bosque por la canasta con plantas que dejé, esperando a que aquel joven ya no estuviera, pero, por más que la busqué, ya no estaba.

Camino al convento, lo volví a ver. Al parecer hubo un convenio para que pudieran brindarle alojamiento en el pueblo y poder hacer sus investigaciones para una revista científica de gran renombre; para mí mala suerte, las monjas accedieron a dárselo. No tuve más remedio que regresar, saludar y recuperar mi canasta, pero me quedé sorprendida al ver que me trató como una persona normal, a pesar de la clara evidencia de que mi piel no era en absoluto discreta.

Su nombre era Homero, como el autor de la Ilíada y la Odisea, pero prefería que lo llamaran Hom, pues sentía que su nombre era muy caricaturesco. Al cabo de un rato, las variadas preguntas que le hacían las monjas y personas del pueblo, fueron suficientes para conocer un poco sobre quién era él; era ingeniero agrónomo, su familia trabajaba en la industria de la madera y le gustaba cuidar del medio ambiente y de los animales. En sus ratos libres le gustaba salir, hacer actividades al aire libre y viajar. La forma en cómo hablaba de la naturaleza me dejó embelesada y al cabo de unos días, parecía que él era más afín a mí de lo que creí. Yo era muy tímida, pero Hom siempre trató de sacarme la plática y me pedía que le ayudara en la toma de sus muestras y sus estudios, pues sabía que yo era muy conocedora sobre el tema de las plantas y los insectos que habitaban ahí.

Pasaron los días y la amistad fue haciéndose aún más grande. Ya no solo quedábamos para ir al bosque, sino que hacíamos picnics, íbamos a la feria del pueblo, jugábamos juegos de mesa y veíamos películas juntos; inclusive después de un día entero de estar juntos, nos íbamos cada quien a su habitación y seguíamos platicando por WhatsApp. Me sentía feliz con él. Hom me animaba a salir más del convento y a convivir con la gente; me llevaba a hacer expediciones cada vez más lejanas del bosque y con cada paso que daba, más quería descubrir sobre todas las maravillas que había más allá de la zona. Me comprendía, me apoyaba, me alentaba a seguir mis proyectos y escribir sobre mis descubrimientos y experimentos. Hom sabía cuánto era mi deseo por viajar, visitar otros lugares y conocer nuevas naturalezas y cuando menos lo esperé, me pidió que fuera con él una vez acabando sus investigaciones. Pero la verdad es que a pesar de lo bien que me sentía estando a su lado, no era totalmente libre.

Siempre fui diferente y sentía que mi lugar estaba en otro sitio, aunque aún no lo había encontrado. Sin planearlo, nos enamoramos, pero ambos sabíamos que no podíamos estar juntos, aunque quisiéramos. Los dos conocíamos los riesgos y sabíamos que muchos querrían estudiarme, encerrarme para utilizarme como experimento y eso sería perder la poca vida y libertad que tenía. Además, no podíamos tocarnos, ni siquiera tomarnos de la mano de manera correcta; no importaba cuánta protección usara, no podría tocar mi piel directamente, pues lo lastimaría.

Al cabo de un año, se acercó a mí y me dijo que no le importaba que fuese complicado el tener una relación conmigo; él quería estar a mi lado y yo con él, pero lo rechacé, pues lo conocía bien y atarlo a mí, a mi condición y a la poca movilidad que tendría, sería egoísta. Hom era un alma libre como la mía y merecía conocer el mundo tanto como yo quería y a pesar del amor que nos teníamos, sabíamos que no podíamos estar juntos. Tal vez en otra vida nos volveríamos a encontrar y podríamos hacer lo que más queríamos, pero en este tiempo, no se podía. Después de un mes, partió con sus investigaciones terminadas y yo, me quedé.


Estando ahí en mi soledad, reflexioné sobre todo lo había pasado en el último año; sobre mi condición, sobre el miedo, sobre mis sueños, mis deseos de salir y ver el mundo, y decidí que no podía dejar que las cosas se quedaran para siempre como estaban. Me armé de valor y le comenté a Rosita que no podía seguirme quedando en el pueblo. Que mi vida no tenía sentido si no podía ir y descubrir cosas nuevas y que ni las críticas ni mi condición me impedirían hacer lo que más quería. Yo era fuerte, inteligente, tenía un gran valor y no permitiría que nadie ni nada se interpusiera en mi camino.

Esa misma noche empaqué mis cosas para irme junto con los ahorros que hice por los trabajos que hice para el pueblo. Pero, sin previo aviso, todo se volvió un caos empezaron a llegar reporteros de todos lados y camionetas llenas de científicos y militares que se habían enterado sobre mí. No había escapatoria; tenían rodeado el convento. Tuve mucho miedo de quedarme ahí y no poder salir; sentí una profunda tristeza, pues pensé que Homero me había traicionado y había hablado sobre mí. Sin embargo, sin saber cómo, Hom pudo entrar al convento y me explicó lo que estaba sucediendo. Cuando él vino a hacer sus investigaciones, hubo una organización que quería impedir que salieran a la luz y lo extorsionaron para que no hablara sobre lo que había encontrado, pues no les convenía porque tenían fines de lucro de por medio. El jefe de la revista no hizo caso y publicó el trabajo de Homero y en venganza, intentaron matarlo, pero escapó. Al no encontrarlo, decidieron ir a por mí, pues se enteraron de mi existencia y sabían que yo era importante para él; cuando se enteraron, todos vinieron para llevarme, cada medio para sus propios intereses.

No había escapatoria. El mundo entero sabía de mi existencia, de mi condición y ya no podría ser libre sin estar fuera de peligro. Ideamos un plan para salir por la parte trasera y refugiarnos en medio de la nada. Homero y yo podríamos sobrevivir un tiempo en el bosque pues teníamos el conocimiento necesario y decidimos fugarnos juntos y empezar una vida, aunque fuera en anonimato; no tenía opción, mi vida estaba condenada desde que nací. Tomé un respiro y me resigné a una vida oculta, pero al menos estaría al lado de alguien importante para mí y que amaba; ambos nos protegeríamos.

Nos pusimos unas túnicas negras y salimos por una puerta que daba hacia el bosque. Pero entonces, los gritos, las cámaras, la gente, el alboroto se sumieron en un total silencio. Se oyó un estruendoso ruido y una bala atravesó mi espalda, haciéndome caer inmediatamente al suelo. Lo último que vieron esa noche mis ojos, fueron el cielo estrellado y la luna llena más brillante que había visto; ya no sentía miedo, sólo paz como cuando paseaba por el campo rodeada de flores. Después, todo fue oscuridad.

A la mañana siguiente, el pueblo se quedó desierto. Las personas que habían llegado por mí, se habían ido. A Homero se le dio la máxima protección y se descubrió quiénes eran los que lo habían mandado a matar. Después de mi muerte, se dedicó a ser activista y a proteger el medio ambiente. En cuanto a mi cuerpo, me llevaron al bosque y me enterraron a poca profundidad debajo de un frondoso árbol, pues consideraron que merecía estar en contacto con la naturaleza, más que dentro de una caja. Todos creyeron que había muerto, pero no. Yo seguía teniendo conciencia de lo que me rodeaba, del cambio que estaba ocurriendo en mi cuerpo. Pasaron algunos días y una capa crisálida empezó a formarse alrededor de mí. Me envolvía con suavidad y me daba arrullo en las noches frías.

Una mañana, un rayito de sol empezó a entrar por un hueco de la cápsula que me guardaba. Con mis instintos, rompí la crisálida y de mi espalda se extendieron unas preciosas alas naranjas. Entonces entendí el porqué siempre estuve conectada con la naturaleza, el porqué mi piel era distinta, el porqué yo era diferente a las personas; descubrí lo que era y por fin me sentí yo misma. Ahora podría ir a donde quisiera y migrar a otras partes del mundo. Era libre. Tomé impulso y despegué de la tierra dejando enterrada una lápida cuyo único escrito decía mi nombre… Monarca